viernes, 30 de octubre de 2009

Noche de Sanhein.

Arden los robledales. Los druidas abren sus ojos y hojas para ver más allá de los que están y los que se han ido. Niños monstruosos, famélicos, recorren las calles y aporrean las puertas atrancadas. Este aquelarre el frío se quita la máscara y nos enseña el rostro. Las calabazas huecas tienen velas apagadas y nos dejan desamparados en los caminos. Esta noche, mejor no abrir cuando alguien toca y puede que seamos los que estamos tocando. Arden los robledales.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Yo soy la mujer del hombre que morí.

Yo soy la mujer
del hombre que morí
en una guerra que no era mi guerra
yo soy el hombre de esa viuda
y el padre de los huérfanos
yo soy el hijo de este muerto que soy
de esa cifra en un parte cualquiera

Mis camaradas siguieron hacia el sur
donde
relámpagos y cañonazos
rasgaban el azul
y el cielo se caía a pedazos

Me pudro
se pudre mi hombre bajo un sol extraño
el mismo sol
que mi mujer
mis hijos
verán mañana

Él no lo verá

Un pájaro ciego se precipita
en la negra confusión de las balas
sin fe
sin alas.

domingo, 18 de octubre de 2009

Como de párpados.

Entre rejas abre las alas
y el vuelo desperdicia cualidades

Huelo a cielo, dice
desgranando nubecitas
de un fragmento de mirada

Revolotea y se magulla
soy otra cosa, piensa
y el consuelo
trasmite un temblor
a las extremidades emplumadas
como de párpados...

viernes, 16 de octubre de 2009

Probablemente los caballos no tienen alas.

Probablemente
los caballos no tienen alas
y su vuelo es una infracción
en los caminos del viento

Probablemente
los dragones no me animan
a un ademán heroico
y las hadas barren parques
asqueadas del otoño
haciendo breve la holgura
con que los gatos arañan
la piel de la lluvia

Probablemente
los establos
están llenos de plumas
y frustraciones

Probablemente
soy un jinete frustrado.

lunes, 5 de octubre de 2009

La esquina para las evasiones (Audio).

La cornisa.

Caminar por esta cornisa mental al borde del vértigo, consciente de que pronto me verá la muchedumbre y se iniciará el espectáculo. Tú, a través de varios rostros, no querrás mirar y con los ojos diluviados de dolor culpable, mirarás a otra parte. Para entonces, los demás se verán a sí mismos en sus cornisas interiores y expresarán el doloroso deseo de saltar, pensando o gritando: ¡Salta! ¡Salta!